Tu me acariciaste y otros cuentos
Tu me acariciaste y otros cuentos Hay en los Midlands un tranvía de vía única que sale intrépidamente de la ciudad y se zambulle en un paisaje negro y fabril, sube la colina y baja al valle, atravesando puebluchos extensos y feos de casas obreras y humildes, sobre canales y vías, pasa frente a iglesias que parecen colgadas, altas y nobles, sobre las sombras y el humo, por oscuros, fríos y desolados mercados, tambaleándose frente a cines y tiendas, baja al agujero donde están los mineros y sube de nuevo bajo los fresnos, y pasa frente a una iglesia rural, precipitándose hacia el final del trayecto, en el último lugar industrial pequeño y feo, la fría ciudad que se agita al borde del campo oscuro y salvaje[54]. Allí, el tranvía verde y crema parece hacer una pausa y ronronear con extraña satisfacción. Pero a los pocos minutos el reloj de la torre de la cooperativa Wholesale Society’s Shops[55] marca la hora y comienza una vez más la aventura. De nuevo están allí los peligrosos y súbitos descensos; de nuevo, rebotando sobre las curvas, la helada espera en el mercado, el deslizarse sin respiración por la escarpada pendiente frente a la iglesia; de nuevo las pacientes paradas en las curvas, esperando que pasen otros tranvías, y así durante dos largas horas, hasta que por fin aparece la ciudad, más allá de la grasienta fábrica de gas; las angostas fábricas se aproximan: estamos en las sórdidas calles de la gran ciudad, avanzamos de nuevo, furtivos, a un atasco en nuestra terminal, desconcertados por el color cremoso y carmesí de los tranvías urbanos, pero con garbo y frescura, algo atrevidos, tranvías verdes como ramas de perejil salidas de un negro jardín minero.
