Tu me acariciaste y otros cuentos
Tu me acariciaste y otros cuentos Su rostro, con un resplandor espeluznante cuando se dio la vuelta sobre el andén entre la multitud de rostros oscuros y llameantes. A la luz de los altos hornos, ella captó de un vistazo su expresión sin rumbo, como un fragmento de fuego flotante. Y la nostalgia, el regreso del destino penetró en sus venas como una droga. ¡Su rostro eterno, ahora iluminado como las llamas! El pulso entre la oscuridad y el fuego rojo de las torres del horno en el cielo, que iluminaba a la multitud industrial y desordenada en la estación, le iluminó.
Por supuesto, él no la vio. ¡Iluminado e invisible! Siempre el mismo, con sus cejas desafiantes, su sombrero habitual, y su bufanda roja y negra anudada a la garganta. ¡Ni siquiera un cuello de camisa para verla a ella! Las llamas se habían rebajado, había sombras.
Ella abrió la puerta del vagón mugriento y de ramal, y comenzó a bajar su equipaje. El mozo no estaba en ninguna parte, pero estaba Harry, oscuro, en el filo anterior de la pequeña multitud, sin encontrarla, por supuesto.
—¡Harry aquí! —llamó ella, agitando su paraguas en el crepúsculo. Él se adelantó corriendo.
—¡Ya estás aquí! —dijo él a modo de alegre bienvenida. Ella descendió bastante nerviosa y le dio un beso.
—Dos maletas —dijo ella.
