Tu me acariciaste y otros cuentos

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EL HOMBRE QUE ADORABA ISLAS[126]

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Había un hombre que amaba las islas. Había nacido en una pero no le satisfacía, pues había demasiada gente en ella, aparte de él. Quería una isla propia, no necesariamente estar solo en ella, pero sí hacer de ella su mundo.

Una isla, si es bastante grande, no es mejor que un continente. Tiene que ser realmente pequeña para que uno tenga la sensación de estar en una isla, y esta historia demostrará lo pequeña que ha de ser, antes de que puedas pretender llenarla con tu propia personalidad.

Ahora bien, las circunstancias hicieron que este amante de islas, cuando tuvo treinta y cinco años, adquiriese una isla de su propiedad. No era el dueño absoluto sino que la había arrendado por noventa y nueve años, lo que es como una eternidad por lo que a un hombre y a una isla se refiere. Si quieres igualarte a Abraham y quieres que tu descendencia sea incontable como la arena del mar[127], no elijas una isla para empezar a multiplicarte. Demasiado pronto estaría superpoblada, congestionada y en condiciones de barrio bajo. Lo que supone un pensamiento horrible para quien adora una isla por su aislamiento. No, una isla es un nido que tiene cabida para un huevo, y uno solo. Este huevo es el mismo isleño.


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