Tu me acariciaste y otros cuentos
Tu me acariciaste y otros cuentos A los setenta y dos años, Pauline Attenborough podía todavía, algunas veces, a media luz, ser tomada por una de treinta. Era una mujer extraordinariamente conservada, de perfecta elegancia. Por supuesto ayuda muchísimo estar en el marco adecuado. Sería el esqueleto perfecto, y su cráneo sería un cráneo exquisito, como el de las mujeres etruscas, con ese encanto femenino en la brusquedad del hueso y los bonitos y cándidos dientes.
Pero la ausencia de edad es un asunto que tiene más que ver con la fuerza y el empeño de la voluntad que ningún otro. Y aquí descansaba el secreto de Pauline Attenborough. Tenía una voluntad fina y perfectamente forjada. Estaba oculta en sus suaves y risueños modales, lo mismo que su calavera estaba escondida bajo su delicada y divertida sonrisa. Y de la misma manera que, físicamente, no estaba ni gorda ni flaca, tampoco, físicamente, era ni dura ni sentimental. Tenía suerte: era una mujer realmente equilibrada.
