Arsenio Lupin - 813

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Pasaban unos junto a otros sin dar la más pequeña muestra de conocerse. Pero, por la noche, Lupin comprobó que se reunían en una especie de cochera situada al fondo del último de los patios, y en la cual el chamarilero guardaba sus mercancías, constituidas por hierros viejos, estufas rotas, tuberías de estufas oxidadas y, sin duda, también una gran cantidad de objetos robados.

«Vamos —se dijo—; hagamos, en primer lugar, nuestra tarea. Le he pedido un mes a mi primo de Alemania, pero creo que bastará con una quincena. Y lo que más me agrada es el comenzar la operación por estos mozalbetes que me dieron un baño en el Sena. Pobre viejo Gourel; por fin voy a vengarte. Y no es demasiado pronto».

A mediodía penetró en el restaurante Búfalo, entrando en una pequeña sala baja, en la cual albañiles y cocheros acudían a comer el plato del día.

Alguien vino a sentarse a su lado a la mesa.

—Ya está arreglado, jefe.

—¡Ah!, eres tú, Doudeville. Tanto mejor. Tengo prisa por saber. ¿Ya tienes los informes? ¿Y el acta de nacimiento? Pronto, cuenta.

—Pues bien: he aquí lo que hay. El padre y la madre de Altenheim murieron en el extranjero.

—Pasemos eso por alto.

—Y dejaron tres hijos.

—¿Tres?


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