Arsenio Lupin, caballero ladron
Arsenio Lupin, caballero ladron EL VIAJERO MISTERIOSO
La víspera yo había enviado mi automóvil a Rouen por carretera. Yo debía alcanzarlo allá por ferrocarril y desde allí ir a casa de unos amigos que vivían en la orilla del Sena.
Mas en París, unos minutos antes de la partida, siete caballeros invadieron mi departamento en el vagón; cinco de ellos fumaban. Por corto que sea el trayecto en el tren rápido, la perspectiva de efectuarlo en semejante compañía me resultó desagradable, tanto más cuanto que el vagón, de modelo antiguo, no tenía pasillo. Por consiguiente, tomé mi abrigo, mis periódicos y mi guía de ferrocarriles y me refugié en uno de los departamentos vecinos.
Había en él una dama. Al verme hizo un gesto de contrariedad, que no escapó a mi observación, y ella se inclinó hacia un señor que se encontraba de pie en el estribo, su marido sin duda, y que la había acompañado a la estación. El señor me observó, y ese examen terminó probablemente a mi favor, pues habló en voz baja con su esposa, sonriendo con el aire de quien tranquiliza a un niño que tiene miedo. A su vez, ella sonrió también y me dirigió una mirada amistosa, como si comprendiera de pronto que yo era uno de esos caballeros educados con los cuales una mujer puede permanecer encerrada dos horas en una pequeña caja de seis pies cuadrados sin que tenga nada que temer.
