Arsenio Lupin, caballero ladron

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III

LA FUGA DE ARSENIO LUPIN

En el momento en que Arsenio Lupin, acabada su comida, sacaba de su bolsillo un magnífico cigarro puro ornado con un anillo dorado y lo examinaba con complacencia, se abrió la puerta de la celda. No tuvo tiempo más que para echar el puro en un cajón y alejarse de la mesa. El guardia entró; era la hora del paseo de los presos.

—Ya te esperaba, mi querido amigo —exclamó Lupin, siempre de buen humor.

Salieron. Apenas habían desaparecido por el ángulo del pasillo, cuando dos hombres a su vez penetraron en la celda y comenzaron un examen minucioso de aquélla. Uno era el inspector Dieuzy y el otro el inspector Folenfant.

Pretendían poner punto final a todo. No cabía duda alguna que Arsenio Lupin conservaba sus relaciones con el exterior y mantenía comunicaciones con sus cómplices. Todavía la víspera el Grand Journal publicaba estas líneas, dirigidas a su redactor de tribunales:

Señor:

En un artículo aparecido en estos días, usted se ha expresado en relación conmigo en términos que nada podría justificar. Unos días antes de la iniciación de mi proceso, yo iré a exigirle cuentas por ello.

Con mis saludos más distinguidos,

ARSENIO LUPIN.


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