Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes

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Era suficiente que tal idea germinara para que quisiera ponerla en ejecución. Pero ¿cómo? La altura de la verja hacía imposible toda tentativa de escalarla. Sacó del bolsillo una linterna eléctrica y una ganzúa que no abandonaba jamás. Con gran asombro, se dio cuenta de que una de las hojas de la verja estaba entreabierta. Se deslizó, pues, dentro del jardín, teniendo cuidado de no cerrarla. Pero no había dado tres pasos cuando se detuvo. Por una de las ventanas del segundo piso había pasado una luz.

Y la luz pasó por una segunda ventana y por una tercera sin que pudiese ver otra cosa que una silueta que se perfilaba sobre las paredes de las habitaciones. Del segundo, la luz bajó al primero, y durante un buen rato erró de habitación en habitación.

«¿Quién diablos puede pasearse a la una de la madrugada por la casa donde fue asesinado el barón de Hautrec?», se preguntó Herlock Sholmes, prodigiosamente interesado.

No existía más que un medio de averiguarlo: introducirse él mismo en ella. No vaciló. Pero en el momento en que atravesaba, para ganar la escalinata, el rayo de luz que lanzaba el farol de gas, el individuo debió de verlo, porque la luz se apagó de repente y Herlock Sholmes no la volvió a ver.


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