Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Frente a frente
Una noche, seis semanas después, yo le había dado a mi criado permiso para salir. Era la víspera del 14 de julio. Hacía un calor de tormenta y la idea de salir no me agradaba en absoluto. Con las ventanas de mi balcón abiertas, mi lámpara de trabajo encendida, me instalé en una butaca y, no habiendo leído todavía los periódicos, me puse a hojearlos. Bien entendido, hablaban de Arsenio Lupin. Después del intento de asesinato de que el pobre Isidoro Beautrelet había sido víctima, no había transcurrido ni un solo día sin que dejara de tratarse del asunto de Ambrumésy. Los periódicos le dedicaban una sección cotidiana. Jamás la opinión pública se había excitado a tal punto por semejante serie de acontecimientos precipitados, de golpes teatrales inesperados. El señor Filleul, quien decididamente aceptaba, con su buena fe meritoria, su papel de subalterno, había confiado a sus entrevistadores las hazañas de su joven consejero durante los tres días memorables, de modo que cabía entregarse a las suposiciones más temerarias.
