Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Veamos, querido señor: la primera preocupación de un ladrón hubiera sido el apoderarse de los tapices y los cuadros.
—Quizá no dispuso de tiempo para ello.
—Eso es lo que nosotros vamos a averiguar.
En ese momento penetró el conde de Gesvres, seguido del médico. El conde, que no parecÃa sentir los efectos de la agresión de que habÃa sido vÃctima, dio la bienvenida a los dos magistrados. Luego abrió la puerta del gabinete.
La estancia, donde nadie habÃa penetrado después del crimen, salvo el médico, presentaba, al contrario del salón, el mayor desorden. HabÃa allà dos sillas derribadas, una de las mesas estaba hecha añicos, y por tierra yacÃan otros diversos objetos, entre ellos un reloj de péndulo de viaje, un clasificador de correspondencia y una caja de papel de cartas. Y algunas de las hojas blancas esparcidas por el suelo presentaban manchas de sangre.
El médico retiró la sábana que cubrÃa el cadáver. Juan Daval, vestido con sus ropas ordinarias de terciopelo y calzando botas herradas, estaba tendido boca arriba, con uno de los brazos replegado. Su camisa habÃa sido desabrochada y se veÃa una ancha herida que perforaba su pecho.
—La muerte debió ser instantánea —declaró el médico—. Bastó una sola puñalada.