Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Sobre la pista
La violencia del golpe dejó aturdido al joven Beautrelet. En el fondo, aun cuando al publicar su artículo hubiera obedecido a uno de esos movimientos irresistibles que llevan a uno a desdeñar toda su prudencia, él no había creído en la posibilidad del secuestro. Sus precauciones estaban muy bien tomadas. Los amigos de Cherbourg no sólo tenían la consigna de vigilar al señor Beautrelet en persona, sino también todas sus idas y venidas, e incluso tenían instrucciones de no entregarle ninguna carta sin haberla abierto antes. No, no había peligro. Para el joven, Lupin pretendía engañarlo con falsas apariencias. Lupin, deseoso de ganar tiempo, buscaba intimidar a su adversario. El golpe resultó para el joven casi imprevisto y toda aquella tarde, hasta el fin del día, bajo la impotencia en que se hallaba para actuar, estuvo bajo los efectos del doloroso choque. Una sola idea le sostenía: ir allá, ver por sí mismo lo que había ocurrido y reanudar la ofensiva. Envió un telegrama a Cherbourg. Hacia las ocho de la noche llegó a la estación de Saint-Lazare. Unos minutos después se encontraba rodando a bordo del exprés.
No fue sino una hora más tarde, al desplegar maquinalmente un periódico de la noche que había comprado en el andén de la estación, cuando se enteró de la famosa carta por medio de la cual Arsenio Lupin respondía a su artículo de aquella mañana. El artículo decía:
