Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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CAPÍTULO SEIS

Un secreto histórico

La resolución de Beautrelet fue inmediata: actuaría solo. Avisar a la Justicia resultaba demasiado peligroso. Además de que no podía presentar otra cosa que sus presunciones, temía a la lentitud de la Justicia, a las inevitables y seguras indiscreciones y a toda una investigación previa, durante la cual Lupin, que sería inevitablemente avisado de todo ello, tendría tiempo para realizar su retirada.

Al día siguiente, desde las ocho de la mañana, con el paquete de sus cosas bajo el brazo, abandonó la posada en donde se hospedaba en los alrededores de Cuzion, se metió en la primera espesura que encontró, se deshizo de sus ropas de obrero y volvió a disfrazarse de nuevo de joven pintor inglés, como lo había hecho anteriormente, y así se presentó en casa del notario de Eguzon, el burgo más importante de aquella zona.

Le contó al notario que aquella región le gustaba mucho y que si encontraba una residencia conveniente se instalaría allí de buena gana con sus padres. El notario le indicó varias propiedades. Beautrelet insinuó que le habían hablado del castillo de la Aguja, a orillas del Creuse.

—En efecto, pero el castillo de la Aguja, que pertenece a uno de mis clientes desde hace cinco años, no está en venta.

—¿Vive él allí, entonces?


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