Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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CAPÍTULO SIETE

El tratado de la Aguja

Las cuatro de la mañana. Isidoro no ha regresado al instituto. Ya no regresará hasta el término de la guerra sin cuartel que le ha declarado a Lupin. Así se lo ha jurado a sí mismo en voz baja mientras sus amigos se lo llevaban en un coche completamente desfallecido. ¡Juramento insensato! ¡Guerra absurda! ¿Qué puede hacer él, criatura aislada y sin armas, contra aquel fenómeno de energía y potencia? ¿Por dónde atacarlo? Porque es inatacable. ¿Por dónde herirlo? Porque es invulnerable. ¿Por dónde alcanzarlo? Porque es inaccesible.

Las cuatro de la mañana… Isidoro pernocta en casa de uno de sus camaradas del instituto Janson. En pie delante de la chimenea de su habitación, con los codos apoyados rectos sobre el mármol y el mentón sobre los dos puños, contempla su imagen que le refleja el espejo.

Ya no llora, ya no quiere llorar más ni retorcerse en su cama, ni desesperarse, como ha estado haciéndolo durante dos horas. Quiere reflexionar, reflexionar y comprender.


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