Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca ¡Sésamo, ábrete!
¡La aguja de Etretat es hueca!
¿Un fenómeno natural? ¿Una excavación producida por cataclismos internos o por el esfuerzo insensible del mar que hierve, de la lluvia que se filtra? ¿O bien una obra sobrehumana, ejecutada por humanos, celtas, galos, hombres prehistóricos? Preguntas insolubles, sin duda. Pero ¿qué importaba? Lo esencial residía en esto: la aguja era hueca.
A cuarenta o cincuenta metros de aquel imponente arco llamado la Puerta de Aval y que se lanza desde lo alto del acantilado como una colosal rama de árbol, para criar raíces en las rocas submarinas, se yergue un cono calcáreo desmesurado, y ese cono no es más que un gorro de corteza puntiaguda colocado sobre el vacío.
¡Prodigiosa revelación! Después de Lupin, he aquí que Beautrelet descubría la clave del gran enigma, que se ha cernido sobre más de veinte siglos. Clave de una importancia suprema para quien la poseyera antaño, en las lejanas épocas en que las hordas de bárbaros cabalgaban por el viejo mundo. Clave mágica que abre la caverna ciclópea a las tribus en fuga. Clave misteriosa que otorga el poder y asegura la preponderancia.
