Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Una cortina se descorrió
—Buenos días, mi querido Beautrelet. Llega usted con un poco de retraso. El almuerzo estaba fijado para el mediodía. Pero, en fin…, son sólo unos minutos más tarde… ¿Qué hay de nuevo? ¿No me reconoce usted? ¿Tanto he cambiado?
En el curso de su lucha contra Lupin, Beautrelet había recibido muchas sorpresas, y todavía esperaba, a la hora del desenlace, recibir muchas emociones, pero esta vez el choque fue completamente imprevisto. No era asombro lo que experimentaba, era estupor, espanto.
El hombre a quien tenía frente a sí, el hombre a quien la fuerza brutal de los acontecimientos le obligaba a considerar como Arsenio Lupin, aquel hombre era Valméras, el propietario del castillo de la Aguja. Valméras, aquel mismo al cual él había pedido auxilio contra Arsenio Lupin. Valméras, su compañero de expedición a Crozant. Valméras, el valiente amigo que había hecho posible la evasión de Raimunda al golpear, o fingir que golpeaba, en las sombras del vestíbulo a un cómplice de Lupin.
—¡Usted!… Pero ¡es usted! —balbució Beautrelet.
