Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca El cadáver
Hacia las seis de la tarde, terminadas sus labores, el señor Filleul, en compañía de su secretario, señor Brédoux, esperaba el coche que debía llevarlos de regreso a Dieppe. Parecía agitado, nervioso. Por dos veces preguntó:
—¿No ha visto usted a Beautrelet?
—En verdad, no, señor juez.
—¿En dónde diablos puede encontrarse? No ha sido visto en todo el día.
De pronto tuvo una idea, entregó su cartera de documentos a Brédoux, dio la vuelta corriendo en torno al castillo y se dirigió hacia las ruinas.
Cerca de la cascada grande, echado boca abajo sobre el suelo tapizado de largas agujas de pino, con uno de los brazos doblado debajo de la cabeza, Isidoro parecía adormecido.
—¿Qué se ha hecho de usted, joven? ¿Dormía usted?
—No duermo. Reflexiono.
—Se trata, en efecto, de reflexionar. Primero hay que ver. Es preciso estudiar los hechos, buscar los indicios.
