Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin Y había sido ella quien le había arrancado a Lupin su máscara de príncipe, ella quien le había denunciado, ella quien le había arrojado dentro de la prisión, ella quien había hecho fracasar todos sus planes, gastando millones para ganar la batalla.
Y luego los acontecimientos se precipitaron. Susana y Gertrudis habían desaparecido… Muertas, sin duda. Steinweg, asesinado. Isilda, la hermana, asesinada.
–¡Oh, qué ignomina, qué horror! – balcució Lupin con un sobresalto de repugnancia y de odio.
Execraba a aquella abominable criatura. Hubiera querido aplastarla, destruirla. Aquellos dos seres, aferrados uno a otro, resultaban desconcertantes, yaciendo inmóviles bajo la palidez del alba que comenzaba a mezclarse a la sombra de la noche.
–¡Dolores!… ¡Dolores!… -murmuró él con desesperación.
Saltó hacia atrás, estremecido de terror y con los ojos desorbitados. ¿Qué? ¿Qué ocurría? ¿Qué era aquella innoble impresión de frío que le producían las manos?