Los tres crimenes de Arsene Lupin
Los tres crimenes de Arsene Lupin Lupin, juzgando que Octavio no conducía lo bastante rápido, se había puesto al volante…, y era una velocidad desorbitada, vertiginosa. Por las carreteras, cruzando las aldeas, por las calles repletas de público de las ciudades, avanzaban a cien kilómetros por hora Las gentes, aterradas, aullaban de rabia, pero ya el bólido estaba lejos… Había desaparecido.
–Jefe -balbucía Octavio, lívido-: vamos a quedarnos en el camino.
–Tú, quizá, y es posible que también el auto, pero yo llegaré -replicó Lupin.
Tenía la sensación de que no era el coche quien le transportaba a él, sino que era él quien transportaba al coche, y que perforaba el espacio con sus propias fuerzas, con su propia voluntad. Entonces, ¿qué milagro podía impedir que no llegase, puesto que sus fuerzas eran inagotables y que su voluntad no tenía límites?
–Llegaré porque es preciso que llegue -repetía.
