El Fantasma de la Ópera
El Fantasma de la Ópera En el primer rellano, la Sorelli se topó con el conde de Chagny, que subÃa. El conde, por lo general muy tranquilo, mostraba una gran excitación.
—Iba a buscarla —dijo el conde saludando a la joven con galanterÃa—. ¡Ah, Sorelli! ¡Qué hermosa velada! ¡Y qué triunfo el de Christine Daaé!
—¡No es posible! —protestó Meg Giry—. ¡Si hace seis meses cantaba como un loro! Pero déjenos pasar, mi querido conde —dijo la chiquilla con una reverencia revoltosa—, vamos en busca de noticias de un pobre hombre al que han ahorcado.
En aquel momento pasaba muy excitado el administrador, que se detuvo bruscamente al oÃr la conversación.
—¡Cómo! ¿Ya lo saben ustedes, señoritas? —dijo con tono bastante rudo—. Pues bien, no habléis de ello… y sobre todo que los señores Debienne y Poligny no se enteren. Les causarÃa demasiado trastorno en su último dÃa.
Todo el mundo se encaminó hacia el foyer de la danza, que se encontraba ya invadido.
