La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Eran papeles rotos, arrugados, sucios, en los que la joven habÃa escrito con lápiz notas apresuradas cuando creÃa poder disponer de unos momentos de soledad… Ya puede suponerse la febril ansiedad con que el disector recogió aquellos documentos. Los ordenó según la fecha, que a veces era la simple indicación del dÃa de la semana y de las horas. Jaime leyó ávidamente:
«Cuando me he despertado en este cuarto desconocido estaba junto a mÃ. Me vigilaba con feroz hostilidad.
»Sus miradas me helaban. ¡Oh, Jaime, Jaime! Si lees estas lÃneas, sabe que te perdono. ¡Soy tan culpable como tú! Y papá también es culpable.
»¡Ay, creo que lo voy a pagar por todos!… ¡Porque él no nos perdona!…
»Piensa que yo he contribuido en gran parte a llevarle adonde tú sabes, ante la puerta del cementerio de Melun… ¡donde no lo has dejado entrar completo!…
»Tras el asqueroso castigo, ¡tenÃa derecho al eterno descanso! Y nosotros, ¡horror!, le hemos arrancado a la gran paz de la tierra…
»… para hacer de él ¡un sujeto de viva experiencia!
»¡Es un crimen, Jaime!… Tu crimen, y también el nuestro… Se nos castigará, y no antes de mucho tiempo.
