La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Estaba muy agitado, congestionado e inflamado. Miraba al jefe de la Seguridad General con ojos de extravÃo. «¿Será un loco?», se preguntó al momento Bessiéres. Pero el visitante a pesar de su agitación, le pareció normal cuando le oyó declarar de corrido:
—Puede usted estar tranquilo, señor director, porque la justicia no ha condenado a un inocente. Hay una razón para que continúen los crÃmenes de Corbilléres. Y esa razón, casi soy yo solo el que la conoce…
—Pues hay que decÃrmela, señor mÃo. Haga el favor de sentarse…
—No puedo estar sentado. ¡Si supiera usted, señor director, la noche que he pasado!…
—Ya me lo contará luego; ahora…
—Se lo diré todo, le diré toda la verdad… Es preciso que usted sepa, que todos sepan…
—Lo que se necesita saber es la razón de que continúen los crÃmenes de Corbilléres —precisó Bessiéres, temiendo que aquel hombre excitado se perdiera en consideraciones personales o ajenas al asunto.
El anciano se inclinó sobre Bessiéres o, mejor dicho, proyectó sobre él una cabeza en que fulguraba la prodigiosa emoción de su alma en desorden, y su boca profirió:
—¡Los crÃmenes de Corbilléres continúan porque Benito Masson no ha muerto!