La maquina de asesinar
La maquina de asesinar —Me interesa su opinión.
—Creo que ante todo debiera interrogarse al mismo disector, a ese Jaime Cotentin, que, según el profesor Thuillier, hace revivir indefinidamente, con su suero, los tejidos, los nervios y hasta los cerebros…
—¡Bah! Un farsante más…
—No cree lo mismo el profesor Thuillier…
—Bien, Lebouc. Entonces, procure buscar a ese hombre cuanto antes y tráigamelo…
—Precisamente tengo probabilidades de encontrarlo en Corbilléres, adonde usted me envÃa.
—¿Cómo es eso?
—La entrada del señor Lavieuville y también, ¿a qué no decirlo?, el estado de ánimo en que usted se encuentra, no me han permitido referirle hasta el final las cosas un poco extravagantes que me ha dicho el relojero…
—Se queda usted corto en los adjetivos…