La maquina de asesinar

La maquina de asesinar

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Lo malo es que se entretenía demasiado con aquel mecanismo; hacía algo así como las niñas que abusan de sus muñecas… Y el padre se dio cuenta un día de que en el autómata, por culpa de su hija, había algo que no funcionaba bien… Entonces la joven prometió que no lo volverla a tocar más que delante de su padre. Sin embargo, no cumplió la promesa. Y una noche en que el relojero, acometido de insomnio, subió al estudio de su hija, se encontró con que Cristina tenía a Gabriel en brazos, como a un niño enfermo.

—¡Ahora comprendo por qué no me obedece! —exclamó.

Y en una de esas crisis de desesperación que sólo conocen los inventores, rompió la obra de toda su vida.

Según me ha contado el mismo Norbert, su hija estaba como loca.

Imploraba a su padre por Gabriel como hubiera podido hacerlo por un ser humano.

—¡No le mates! —gritaba—. ¡No le mates!

Pero Gabriel no era ya más que un cadáver de autómata.

Mientras tanto, llegó Jaime Cotentin, y para calmar o su prima y a su tío, que ya lamentaba lo hecho, decidió que Gabriel reviviría, no ya como un simple mecanismo que no obedecía más que a resortes, sino como un hombre…


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