La maquina de asesinar

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Con esta pregunta se entraba en un nuevo orden de ideas, en el que se mezclaba el marqués, del que no se habían tenido noticias a partir de la fúnebre ceremonia de Coulteray. De ello parecía resurgir de tal manera la posibilidad de probar la inocencia de Benito Masson, y, por lo tanto, del muñeco, que Jaime se preguntó si lo más conveniente no sería tomar cuanto antes un tren para París. Pero se dejó ganar por el deseo de alcanzar al muñeco, y, sobre todo, a Cristina, cuya actitud, tan extraña por lo pasiva, le turbaba cada vez más. Así es que continuó hasta Niza.

En Niza perdió toda huella.

Recorrió los hoteles, pero le fue imposible enterarse de dónde se habían albergado los dos viajeros.

Por la noche estaba abatido junto a la mesa del salón donde estaban los semanarios locales que daban los nombres de los viajeros últimamente llegados y los nombres de los hoteles donde se alojaban. Inútilmente buscó en aquella lista indicación cualquiera, como por ejemplo, la de los «señores de Lambert», nombre que la pareja había dado en Saumur. En cambio, sus ojos toparon con los nombres de los forasteros que habían subido recientemente a la cercana estación de la alta montaña, a Peira Cava (juegos y deportes de invierno), y que se habían hospedado en el hotel de las Grandes Cumbres. Entre aquellos nombres había uno que le hizo lanzar una sorda exclamación: «Los señores de Beigneville…».


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