La maquina de asesinar
La maquina de asesinar A partir de entonces, la conducta de Cristina le pareció completamente natural.
Seguramente se habÃa dado cuenta —a su costa, como lo atestiguaban las primeras huellas de la espantosa aventurad— de que resistirse a la voluntad desatentada del autómata no podÃa conducir más que a una catástrofe…
Y le habrÃa seguido aparentando buena voluntad y para no dejar entregada a sà misma aquella terrible máquina con cerebro de asesino. Porque Jaime no podÃa olvidar que Cristina no dudaba de que la culpabilidad de Benito Masson era cierta…
¡Pobre y adorada Cristina!… Teniendo semejante convencimiento, ¿qué heroÃsmo no necesitarÃa para vivir sonriendo en tan temible compañÃa?… TendrÃa que acatar la voluntad de Gabriel, el cual pasarÃa el tiempo vigilándola, prohibiéndole todo gesto, todo paso que pudiera facilitar una pista y romper la intimidad que no se habÃa atrevido a esperar en la vida normal y con asqueroso rostro y que debÃa a la sublime aventura…
Y he aquà que Cristina habÃa encontrado o que deseaba enviar a Jaime, a través del espacio, aquella llamada: ¡Beigneville!…, que solamente podÃa comprender él…
Aquel llamamiento le habÃa conmovido como una onda hertziana que encuentra su receptor.
