La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Cristina se despertó en aquel cuartito de Corbilléres donde había vivido horas tan trágicas; pero ahora que se colocaba a la altura de su destino aceptaba los acontecimientos con la serena frente de la fatalidad.
Se hacía tan bella y tan impasible como su maravilloso compañero. Una misma fuerza augusta impulsaba a los dos. Eran la justicia en marcha. Ya podían echarse a temblar los malos. La hora del castigo estaba próxima.
Los peligros que aún habían de afrontar, y de los cuales, por lo demás, sólo tenían una vaga sospecha, no eran propios más que para glorificar su alma.
Hacia unas horas que habían llegado a Corbilléres… ¿Dónde encontraría Gabriel mejor refugio que en su mansión maldita, abandonada después del segundo registro como lo había sido después del primero?…
Ya hemos visto que los lacres les imponían poco. Además, estaba decidido a obrar rápidamente. Y si no había ido desde luego a «Las Dos Palomas», suficientemente señaladas en el artículo de XXX, se debía a que vacilaba en llevarse a una joven que ya había estado a punto de ser la víctima de Jorge María Vicente y de sus acólitos, y que se encontraba considerada de modo particular por la terrible asociación…
