La maquina de asesinar
La maquina de asesinar Sing-Sing no gritó mucho tiempo. Sangor, siempre agarrándole de los cabellos, lo colocó sobre una gran bandeja de oro.
Gimoteaba Sing-Sing de la manera más ridícula, pero nadie reía.
Saib Khan pronunció la frase sacramental:
—¿Es buena la prenda?
Y todos respondieron, como cumple a un thug que da la señal de la ejecución:
—Boujna kee Pawn Dee. (O sea: «Entregad la prenda del hijo de mi hermana», palabras muy honrosas para un Sing-Sing.)
Inmediatamente, en menos tiempo del que se emplea en decirlo, Sangor apuñaló a Sing-Sing, cosa muy necesaria para prevenir cualquier resurrección, desde el momento en que no se le podía hacer el honor de cortarle la cabeza (distinción reservada a los vampiros nobles).
Durante este atroz final de ceremonia, el marqués, amable y solícito, había aconsejado a Cristina que no mirara; pero ella prefirió ver la muerte de Sing-Sing antes que darse cuenta de aquella cara que se inclinaba sobre su herida apenas cerrada, como le había visto inclinarse sobre el pobre cuerpo agotado de Bessie para darle el beso que mata…