La maquina de asesinar

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XXI UNA GRAN FAENA DE LEBOUC, Y SUS CONSECUENCIAS

Era cierto que el muñeco había sido detenido. Lo había detenido Lebouc.

Volvamos al despacho de Bessiéres, jefe de la Seguridad General, al que dejamos abatido a causa de una escena desagradabilísima para su amor propio y funesta para su ambición. La escena había ocurrido con el ministro, antes de la reunión del consejo que se celebraba abajo, en el salón de la plaza Beauvau.

De pronto se abrió la puerta. Pero el ujier no tuvo tiempo para decir una palabra. Lebouc estaba ya frente a Bessiéres. Brillaban sus ojos, su tez estaba inflamada y sus cabellos andaban revueltos. Además, tenía un aire triunfal, seguramente inquietador para quien conociese las victorias de Lebouc, que eran a lo Pirro, es decir, seguidas de grandes desastres.

Así es que, a pesar de su talante ufano, Bessiéres acogió a Lebouc, no sólo con preocupación, sino con cólera.

¿Ya está usted aquí?… ¿Qué va a anunciarme?…

—Algo asombroso, señor director…

—Ante todo, quiero que me diga si usted tiene algo que ver con los artículos publicados en la prensa con referencia a lo que llaman escándalos de Corbilléres y respecto a los cuales le ordenó el otro día que guardara el más absoluto silencio.


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