La maquina de asesinar

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XXIII

Siento que te lanzan sobre mí grandes temores

y negros batallones de inconcretos fantasmas…

VERLAINE

Jaime Cotentin, al dejar en Tours a Lebouc, le dijo:

—Alójese en la posada de «La Gruta de las Hadas» y no se preocupe de mí. No quiero exhibirme. Si el marqués me viese o tan sólo se enterase de que estoy por la comarca, se figuraría en seguida que vengo a reclamarlo a Cristina o entregarme a costa suya a alguna violencia. Y desaparecerla…

Lebouc llegó a Coulteray hacia las siete de la tarde. La ceremonia fúnebre había sido fijada para la mañana siguiente.

El mesón de Achard estaba atiborrado de gente. Aquella animación era obra de los rumores. El vampiro no había tenido una buena prensa. Los últimos rumores de la capital hablan llegado hasta Coulteray. Incluso se hablan repartido diarios en que se aludía directamente al marqués. Las historias de estranguladores y de vampiros de la India hablan impresionado hasta a los más pacíficos. Se recordaba que a Coulteray había ido con criados muy extraños. La última vez, sin embargo, no había traído más que un camarero. Se había privado de los servicios de Sangor y de Sing-Sing. Y había hecho bien.


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