El monje

El monje

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Alarmados por nuestra huida, y en su prisa por alcanzarnos, los ladrones no habían visitado la cabaña. Por consiguiente, los soldados encontraron ilesas a las dos doncellas, y sumidas en el mismo sueño profundo que había vencido a su señora. No encontraron a nadie más en la cabaña, salvo a un niño que no tendría más de cuatro años, a quien los soldados se trajeron con ellos. Estábamos haciendo mil conjeturas sobre los padres del infortunado pequeño, cuando irrumpió Marguerite en la habitación con el niño en brazos. Cayó a los pies del oficial que nos estaba informando, y le bendijo mil veces por haber salvado a su hijo.

Cuando hubo pasado esta primera efusión de ternura maternal, le rogué que nos explicase cómo era que había estado unida a un hombre cuyos principios parecían tan en desacuerdo con los suyos. Bajó los ojos y se limpió unas lágrimas de la mejilla.

—Caballeros —dijo tras un silencio de unos minutos—, desearía suplicaros un favor. Tenéis derecho a saber con quién habéis contraído una obligación. Así que no voy a ocultaros una confesión que me cubre de vergüenza. Pero permitidme que lo haga con el menor número de palabras posible.


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