El monje
El monje »Era de noble cuna, pero había dilapidado su herencia paterna. Sus parientes le consideraban un baldón para su nombre y le echaron completamente. Sus excesos atrajeron sobre él la indignación de la policía. Se vio obligado a huir de Estrasburgo, y no encontró otro medio de evitar la mendicidad que uniéndose a los bandidos que infestaban el bosque vecino, y cuya banda estaba compuesta principalmente por jóvenes de buena familia, y en la misma situación que él. Yo estaba decidida a no abandonarlo. Lo acompañé a la cueva de los forajidos y compartí con él las miserias inseparables de una vida de pillaje. Pues aunque yo sabía que nuestra existencia se sustentaba a base de robos, ignoraba las horribles circunstancias relacionadas con las actividades de mi amante. Él me las ocultaba con el mayor cuidado. Se daba cuenta de que mis sentimientos no eran lo bastante depravados como para pensar en el asesinato sin estremecerme. Suponía, y con justicia, que huiría horrorizada de los abrazos de un asesino. Los ocho años que me poseyó no ahogaron su amor por mí; y evitaba con todo cuidado que me enterase de ningún detalle que pudiese llevarme a sospechar los crímenes en los que participaba a menudo. Lo conseguía muy bien; hasta la muerte de mi seductor, no descubrí que sus manos habían estado manchadas de sangre inocente.