El monje
El monje —Raimundo —dijo, tomándole la mano—, el estricto honor me obligarÃa a lavar con vuestra sangre la mancha que habéis arrojado sobre mi familia. Pero las circunstancias de vuestro caso me impiden consideraros un enemigo. La tentación era demasiado grande para resistirla. Es la superstición de mi familia lo que ha causado estas desventuras, y son más culpables que vos y que Inés. No se puede anular lo que ha pasado entre los dos, pero podéis repararlo uniéndoos con mi hermana. Siempre habéis sido, y aún seguÃs siendo, mi más querido y hasta único amigo. Siento por Inés el más sincero afecto; y no hay nadie a quien yo podrÃa entregar a mi hermana más gustosamente que a vos. Proseguid vuestro plan, Raimundo os acompañaré mañana por la noche, y yo mismo la llevaré a casa del cardenal. Mi presencia sancionará su conducta y evitará que incurra en culpa por huir del convento.