El monje

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Por su parte, Medina abandonó toda idea de volver a ver a su hermana. Sin embargo, creía que había muerto de manera poco clara. Convencido de esto, alentaba las averiguaciones de don Raimundo, dispuesto, si descubría él la menor sombra de sospecha, a tomar severa venganza de la insensible priora. La pérdida de su hermana le afectó sinceramente. Y no fue pequeño motivo de dolor el que el decoro le obligase a aplazar durante un tiempo hablar al duque de Antonia. Entretanto, sus emisarios sitiaban constantemente la puerta de Elvira. Tenía información de los movimientos de su amada. Como no dejaba de acudir todos los jueves al sermón de la catedral capuchina, estaba seguro de verla una vez a la semana, aunque, en cumplimiento de su promesa, se ocultaba para que ella no le viese. Así transcurrieron dos meses. Aún no habían logrado noticias de Inés. Todos menos el marqués creían que había muerto. Y fue entonces cuando decidió Lorenzo revelar sus sentimientos a su tío. Ya había hecho algunas alusiones a que quería casarse, las cuales habían tenido la favorable acogida que él podía esperar, y no abrigaba duda alguna sobre el éxito de su petición.





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