El monje
El monje —¡Mujer peligrosa! —dijo—. ¡En qué abismo de miseria me habéis hundido! ¡Si se llegase a descubrir vuestro sexo, mi honor, incluso mi vida, pagarÃan el placer de unos momentos! ¡Qué loco he sido al fiarme de vuestras seducciones! ¿Qué puede hacerse ahora? ¿Cómo podré expiar mi culpa? ¿Qué reparación puede obtener el perdón de mi crimen? ¡Desdichada Matilde, habéis destruido mi paz para siempre!
—¿A mà me hacéis esos reproches, Ambrosio? ¿A mÃ, que he sacrificado por vos los placeres del mundo, el lujo de la riqueza, la delicadeza del sexo, a mis amigos, mi fortuna y mi fama? ¿Qué habéis perdido vos, que yo haya conservado? ¿No he compartido yo vuestra culpa? ¿No habéis participado vos de mi placer? ¿Y digo culpa? ¿En qué consiste, si no es en la opinión de un mundo malintencionado? ¡Dejad que el mundo lo ignore, y nuestro goce se volverá divino e intachable! Lo antinatural son vuestros votos de celibato. El Hombre no ha sido creado para un estado asÃ. ¡Si fuese el amor un crimen, Dios no lo habrÃa hecho tan dulce, tan irresistible! ¡Asà que disipad esas nubes de vuestra frente, Ambrosio mÃo! Gozad de estos placeres libremente, sin los cuales la vida es un don sin valor. ¡Dejad de reprocharme haberos enseñado lo que es la dicha, y sentid los mismos transportes que la mujer que os adora!