El monje
El monje Complacida de ver el alma a salvo del naufragio,
Sin tristeza mi vida entregaré,
Y a Dios rendiré mi espíritu de nuevo,
Tan puro como Él me lo dio.
Terminadas sus devociones habituales, Antonia se retiró a dormir. No tardó el sueño en vencer sus sentidos; y durante varias horas gozó de ese sereno descanso que sólo la inocencia conoce, y por el que muchos monarcas darían con gusto su corona.