El monje

El monje

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No bien hubo perpetrado esta acción horrible, se dio cuenta de la enormidad de su crimen. Un frío sudor le bañó todos los miembros. Cerró los ojos; se dirigió tambaleante hacia una silla y se dejó caer en ella casi sin fuerzas, como la desdichada que yacía a sus pies. La necesidad de huir y el peligro de que le descubriesen en el aposento de Antonia le sacaron de este estado. No sintió deseos de sacar provecho de este crimen. Antonia le parecía ahora un objeto desagradable. Un frío mortal ocupaba el lugar de aquel ardor que había inflamado su pecho. En su espíritu no bullían otras ideas que las de la muerte y la culpa, la vergüenza presente y el futuro castigo. Acuciado por el remordimiento y el miedo, se dispuso a huir. Sin embargo, sus terrores no le dominaron tan completamente como para dejar de tomar las necesarias precauciones para su seguridad. Volvió a colocar la almohada en la cama, recogió sus ropas, y con el fatídico talismán en la mano, se dirigió con paso inseguro hacia la puerta. Trastornado por el miedo, imaginó que una legión de fantasmas se oponía a su huida. Allí hacia donde se volvía, el desfigurado cadáver parecía cortarle el camino, y tardó bastante en llegar a la puerta. El mirto encantado produjo su anterior efecto: se abrió la puerta, y echó a correr escalera abajo. Llegó a la abadía sin ser visto; y tras encerrarse en su celda, abandonó su alma a las torturas de los vanos remordimientos y al terror de que le descubriesen.


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