El monje
El monje El marqués no se hallaba fuera de peligro en absoluto. Había pasado ya su delirio, pero se había quedado tan extenuado que los médicos no se decidían a dar un pronóstico seguro. En cuanto al propio Raimundo, no deseaba nada mejor que unirse con Inés en la tumba. La existencia le resultaba odiosa. No veía nada en el mundo que mereciera su interés, y sólo esperaba oír que Inés había sido vengada, para morir.
Acompañado por las ardientes oraciones de Raimundo por su éxito, Lorenzo se presentó ante la puerta de Santa Clara una hora antes de la indicada por la madre Santa Úrsula. Iba acompañado de su tío, de don Ramírez de Mello y de un grupo de arqueros escogidos. Aunque considerables en número, no causaron sorpresa: una gran multitud se arremolinaba ya ante las puertas del convento con objeto de presenciar la procesión. Se supuso, naturalmente, que Lorenzo y sus acompañantes acudían con el mismo propósito. Al ser reconocido el duque de Medina, la gente se retiró y abrió paso al grupo. Lorenzo se situó delante de la entrada principal, por la que debía pasar el cortejo. Convencido de que la priora no podría escapar, aguardó paciente su aparición, que debía ocurrir exactamente a las doce de la noche.