El monje

El monje

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El duque llevó a las monjas sin percance a las moradas de sus respectivos amigos. La prisionera rescatada estaba aún sin conocimiento, y no daba otras señales de vida que algún ocasional gemido. Fue trasladada en una especie de camilla; Virginia, que estuvo constantemente a su lado, temía que el agotamiento por el prolongado ayuno, y el choque que suponía el repentino cambio del cautiverio y las tinieblas a la libertad y a la luz, fueran excesivos para su cuerpo. Lorenzo y don Ramírez se quedaron en el sepulcro. Tras deliberar sobre el plan a seguir, decidieron que, para evitar pérdidas de tiempo, debían dividir a los arqueros en dos grupos: con uno registraría don Ramírez la caverna, mientras que Lorenzo inspeccionaría con el otro los subterráneos más alejados. Acordado esto, y provistos de antorchas los seguidores, don Ramírez descendió a la caverna. Y había bajado ya algunos peldaños, cuando oyó que alguien se acercaba corriendo desde el interior del sepulcro. Sorprendido, salió de la caverna otra vez, precipitadamente.

—¿Oís pisadas? —dijo Lorenzo—. Vayamos hacia allá, de donde parecen venir.

En ese momento, un grito desgarrado y penetrante les hizo apresurar el paso.

—¡Auxilio! ¡Auxilio, por Dios! —gritó una voz, cuyo melodioso tono traspasó de terror el corazón de Lorenzo. Corrió hacia el grito como una centella, seguido de don Ramírez con igual celeridad.


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