La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet La habitación del difunto, situada en el tercer piso, era alta. En el rostro del muerto, alargado, cerúleo y helado, relucían algunas gotas de agua bendita, diamantes fúnebres, sobre las que caía el resplandor de los cirios.
La señora Lenoir estaba de rodillas, contra la cama, la cabeza sobre la sábana, las manos juntas por encima de su frente; yo también estaba arrodillado, pero un poco más lejos; en el rincón oscuro del fondo de la habitación, detrás de una cómoda, sentado sobre mis talones, con las manos juntas, la cabeza baja, mirando todo el tiempo un punto rojo que había en el tapiz. Estábamos solos. El cura y el médico se habían retirado una hora antes, charlando en voz baja. La puerta se había cerrado.
Un gran crucifijo de marfil, entre las cortinas, parecía poner paz entre las tinieblas.
Con rabia acusaba a la inmisericorde naturaleza que me privaba de mi amigo y casi hubiera dudado de la ciencia, si no hubiese hecho carrera de mi desesperación.
De repente, no sé lo que pasó; pero, diciendo la verdad exacta, sentí una cosa cuyo análisis o incluso su clara enunciación me parece que están situadas más allá de los términos de los que puede disponer una sintaxis humana. Una conmoción de frío en los ojos, en el corazón y en las sienes, simplemente.