La extrana historia Dr. Bonhomet
La extrana historia Dr. Bonhomet —¡Oh!, ¡mi buena señora Lenoir!, ¿cómo pueÂde ser? ¡Exageráis! Tenéis un color no de los peores, vuestra voz no es en absoluto silbante y, a no ser que se trate de un ataque al que todos estamos expuestos, me parece que os encontráis en un buen estado de salud.
—¿Y qué es esto entonces? —repuso levantanÂdo sus lentes.
Me incliné.
—¿Eso?… —dije tras un rápido examen—, ¡diaÂblos!… hay en efecto, algunos sÃntomas de…
—¿De?… —respondió con la voz que me hacÃa estremecer los nervios.
—¡De una enfermedad que serÃa absurdo no tratar a tiempo! —añad×. No será nada.
Y yo pensaba para mÃ: Es cierto, es demasiado tarde.
—¡Terminad! —exclamó—; ¿os figuráis que tengo miedo?
Ella temblaba; pero, debo decirlo, más bien por cierta debilidad nerviosa que por el miedo a la inminente muerte de la cual evidentemente tenÃa conciencia.
—Está bien —respond×, escuchadme: la apoÂplejÃa es un pequeño desgarro en el cerebro: en este momento veo las venas de los párpados, de las sienes, de la misma cara, congestionadas de un modo extraordinario: se dirÃa que van a estallar.