Aurora esplendida

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Y siempre, de una manera vaga, cual leve cuchicheo o bien cual sonoro toque de trompeta, sonaba en sus oídos el mensaje de que alguna vez, en alguna parte, vencería a la suerte, la dominaría, la encadenaría y la marcaría como propiedad de él. Cuando jugaba al poker, el mensaje, el cuchicheo en los oídos era: cuatro ases y flush real. Cuando exploraba terrenos el mensaje era: oro a ras de tierra, oro en las raíces de la hierba, oro en la roca, siempre oro. En los momentos más peligrosos de la marcha, en los azares de la pista, del río, del hambre, el mensaje era: otros hombres podrían morir, pero él saldría triunfante. Era la vieja mentira de la vida engañándose a sí mismo, creyéndose inmortal e indestructible, destinado a triunfar sobre otras vidas.

Daylight siguió bailando, hasta disipar su vértigo y abrió la marcha hacia la barra del bar.

Pero se elevó una protesta unánime. Su teoría de qué el ganador pagaba, empezó a rechazarse, no se podía tolerar ya más. Era contraria a la costumbre y al sentido común, y aunque demostrara compañerismo y amistad, precisamente en nombre del compañerismo y de la amistad debía cesar. La ronda correspondía a Ben Davis y él debía pagarla. Además, cuanto se bebiera en nombre de Daylight, corría por cuenta de la casa, porque era buen cliente y una juerga suya atraía enorme concurrencia.


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