Aurora esplendida

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CAPITULO XXIII

- Pero yo sé lo que te ha costado resolver el pánico-repuso Dede.-Si ahora lo dejas, todo tu trabajo habrá sido inútil, todo se irá a la ruina. No tienes derecho, no puedes hacerlo.

Daylight seguía obstinado. Movió la cabeza maliciosamente. -No se arruinará nadie, Dede.

No entiendes el juego. Se hace todo en papel. ¿Dónde está el oro que saqué del Klondike?

Convertido en relojes, en monedas, en sortijas. Pase lo que pase, todo eso queda. Lo mismo ocurre ahora Mi personalidad representa pa- pel. Tengo papel que cubre millares de acres de terreno. Si quemo ese papel, la tierra quedará en su sitio. Mi presencia o mi ausencia no alterarán ni pizca las condiciones existentes. No se perderá nada. Los tranvías seguirán circulando, los vapores cruzando la ba· hía. Oakland está en su período de engrandecimiento.

Pase lo que pase conmigo, se venderán terrenos, se edificarán casas, se establecerán nuevos negocios.

En aquel momento Hegan llegaba en su automóvil acompañado de Unwim y Harrison, dos grandes capitalistas.

- Veré a Hegan-dijo Daylight.-A los otros, no. Que esperen abajo. -¿Está borracho?-preguntó el abogado al entrar. Ella movió la cabeza negativamente.

- Buenos días, Larry - saludó Daylight. - Siéntate y descansa. Pareces preocupado.


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