Aurora esplendida

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CAPITULO IV

La mirada de Daylight relampagueaba y el alcohol enrojecía sus mejillas curtidas al aire y al sol.

Fué saludado con repetidas aclamaciones, que llevaron a sus ojos una sospechosa humedad, aunque muchas de las voces eran inarticuladas e hijas de la embriaguez.

Pero asi se han comportado los hombres desde que el mundo es mundo, divirtiéndose, luchando en la sombría entrada de la ca· verua, junto al fuego del campamento, en los palacios de la imperial Roma, en las roqueñas fortalezas de los barones feudales, en los rascacielos de los tiempos modernos, o en las más míseras tabernas.

Así, aquellos hombres, fundadores de un imperio de la noche ártica, clamorosos, ebrios y arrogantes, olvidaban por algunos momentos la cruel realidad de su labor heroica.

Héroes modernos eran ellos, en nada diferentes de los antiguos.

Intentando dominar la confusión de su cerebro, Daylight comenzó.

- Amigos, no sé qué deciros. Pero os contaré una historia. Una vez, en Juneau, tuve un camarada. Venía de Carolina del Norte, y fué quien me la contó. Acaeció allá, en las montañas de su tierra, durante una boda. Allí estaban todos; la familia, los amigos… El pastor daba los últimos toques, diciendo. "Dios os ha unido y nadie podrá separaron".


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