Aurora esplendida

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Descontando las tres horas que invertían en acampar, guisar, etcétera, les quedaban nueve para recuperar fuerzas durmiendo, y ni hombres ni perros desperdiciaban un minuto de esas nueve horas.

En Selkirk, factoría cercana al río Pelly, Daylight sugirió a Kama que se quedase a descansar, para luego reunirse con él de nuevo en el viaje de regreso de Dyea. Un indio del lago Le Barge estaba dispuesto a sustituirle. Pero Kama no se dejó convencer, gruñó con cierto tono de resentimiento, y eso fué todo.

Daylight cambió de perros, dejando su traílla, que recuperaría al regreso, y continuó la marcha con seis de refresco.

Eran las diez de la noche cuando llegaron a Selkirk, y a las seis de la mañana siguiente partieron para la marcha de quinien- tas millas de desierto que les separaban de Dyea.

Se produjo un descenso de temperatura, que no alteró la labor de abrir pista- Cuando el termómetro mareó 60 grados, se hizo más penoso el camino; a esta temperatura los cristales de escarcha presentaban mayor resistencia a los patines, y los perros debían tirar con más fuerza que en la misma nieve a veinte o treinta grados.


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