El crucero del Dazzler
El crucero del Dazzler Era evidente que Fred y Charley habían hecho correr la noticia de su descenso al Abismo y de su combate con la tribu de los Simpson y con los Peces. Oyó dar las nueve con una sensación de alivio y entró en la escuela seguido de las miradas de admiración de todos los chicos. Las niñas le contemplaban también, tímidas y medrosas, como hubieran contemplado a Daniel saliendo de la cueva de los leones, o a David después de la batalla con Goliat. Así pensaba Joe; pero esta adoración de héroe le molestaba y afligía, y deseó cordialmente que dirigieran por un rato los ojos a otra parte.
Pronto miraron en otra dirección. Mientras se distribuían sobre cada pupitre grandes hojas de papel, la señorita Wilson, una joven de aspecto austero, que pasaba por el mundo como si éste fuese una nevera (aun en los días más calurosos se le veía en la clase con un chal o una capa sobre los hombros), se levantó y escribió en la pizarra, donde todos pudiesen verlo, la cifra romana «I». Todos los ojos —y había cincuenta pares de ellos— estaban pendientes de su mano con expectación, y en el intervalo que siguió reinó en la clase un silencio de muerte.
Debajo de la cifra romana «I» escribió: «a) ¿Qué eran las leyes de Dracón? b) ¿Por qué dijo un orador que estaban escritas, no con tinta, sino con sangre?».
