Las Muertes concentricas
Las Muertes concentricas El viejo Koskoosh escuchaba con avidez. Aunque hacÃa mucho tiempo que la vista se le habÃa debilitado, su oÃdo seguÃa siendo agudo, y el más leve sonido penetraba en la centelleante inteligencia que todavÃa mostraba tras la mustia frente, pero que ya no contemplaba las cosas del mundo. ¡Ah! Esa era Sit-cum-to-ha, que maldecÃa con voz estridente a los perros, mientras los castigaba y les ponÃa los arreos a golpes.
Sit-cum-to-ha era la hija de su hija, pero estaba demasiado ocupada para malgastar un pensamiento en su agotado abuelo, sentado solo, allÃ, en la nieve, desamparado e indefenso. HabÃa que levantar el campamento. La larga senda aguardaba, en tanto que el breve dÃa se negaba a persistir. La vida la llamaba, y también los deberes de la vida y no la muerte. Y él ahora estaba muy cerca de la muerte.
