Martin Eden

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Capítulo XXI

Amaneció un hermoso día de otoño, cálido y lánguido, rebosante de ese silencio que anuncia el cambio de estación, uno de esos días del veranillo de san Martín, con un sol brumoso y una ligera brisa que apenas turba la quietud del aire. Una neblina púrpura y transparente, que no parecía vapor de agua sino un tejido de colores, se ocultaba entre las colinas. San Francisco se extendía bajo un manto de humo. La bahía tenía el brillo grisáceo del metal fundido, y los veleros reposaban inmóviles o se movían lentamente empujados por la marea. El lejano monte Tamalpais, apenas visible entre la bruma plateada, se elevaba gigantesco junto al Golden Gate, un sendero de oro pálido bajo el sol de poniente. Y, más allá, el Pacífico, inmenso y oscuro, levantaba en el horizonte masas deshilachadas de nubes que se dirigían hacia tierra, anunciando la llegada de los primeros vientos tempestuosos del invierno.

Los días cálidos tocaban a su fin. Pero el verano continuaba, desvaneciéndose entre las colinas, intensificando el color púrpura de los valles, tejiendo su mortaja vaporosa de poderes en declive y éxtasis colmados, y extinguiéndose con el placer sereno de haber vivido, y haber vivido bien. Y en medio de las colinas, en su loma favorita, Martin y Ruth se sentaban juntos, con las cabezas inclinadas sobre el mismo libro, leyendo en voz alta los sonetos de amor de la mujer que había amado a Browning como pocos hombres han sido amados.


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