El ser del umbral
El ser del umbral —Y lo estoy —contesté—.
¿Dónde encontraste un indio por estos lugares? —Vino a ofrecerse, y lo tomé.
Uno queda sorprendido de lo que puede descubrir en estas montañas —se puso de pie y comenzó a quitar los platos y tazas de la mesa, ya que habÃamos terminado de desayunar, y, volviéndose hacia mÃ, añadió—: Por una curiosa coincidencia, se llama… Quamis.
Era un hombre de unos S cuarenta y siete años, bien conservado y que apenas comenzaba a encanecer.
A pesar de que se advertÃa que luchaba por mantenerse sereno, parecÃa profundamente turbado y agitado, y le catalogué entre los neuróticos e histéricos en potencia.
Llevaba un abultado manuscrito, que estaba compuesto de un legajo escrito por su propia mano, en el que describÃa ciertas incidencias que le habÃan ocurrido a él, y un montón de documentos narrativos y cartas copiadas por él.
Como el doctor Harper habÃa telefoneado anunciando su venida, se le
