El terror en la literatura
El terror en la literatura Extremadamente elevada en calidad artística es la novela The Dark Chamber (1927), del difunto Leonard Cline. La historia de un hombre que —con la ambición característica del héroe-villano gótico o byroniano— busca desafiar la naturaleza y recobrar cada momento de su vida pasada a través de una anormal estimulación de la memoria. Para este fin se sirve de interminables notas, objetos mnemotécnicos y cuadros, y por último olores, música y exóticas drogas. Al final, su ambición va más allá de su vida personal y se precipita hacia el negro abismo de la memoria hereditaria, incluso antes de los días previos a los humanos de las ciénagas vaporosas del período carbonífero y a profundidades aún más inimaginables que el tiempo y la materia ancestral. Recurre a música más enloquecedora y toma drogas todavía más extrañas, y finalmente su enorme perro comienza a tenerle un extraño miedo. Una nociva pestilencia animal lo acompaña, y su rostro se vuelve vacío y subhumano. Al final lo encuentran en un matorral, mutilado hasta la muerte. A su lado está el cuerpo despedazado de su perro. Se han matado el uno al otro. La atmósfera de esta novela es malévolamente potente, y se presta mucha atención a la siniestra casa y a la familia del personaje principal.