En las montañas de la locura
En las montañas de la locura El depósito de gasolina del aeroplano se había llenado sólo en parte para aligerar el peso todo lo posible, por lo que teníamos que tener cuidado en nuestra exploración. Aún así recorrimos una enorme extensión de terreno -o, mejor dicho, de aire- después de bajar planeando hasta una altura en la que el viento casi dejó de soplar. La cordillera parecía no tener límites, al igual que la aterradora ciudad de piedra que bordeaba sus laderas. Un vuelo de cincuenta millas en las dos direcciones no reveló cambio sustancial en el laberinto de rocas y edificios que surgían rasgando el eterno hielo como un cadáver. Había, sin embargo, algunas variaciones fascinantes, como lo esculpido en el cañón por el que el caudaloso río atravesara antaño las laderas para llegar al lugar en que se hundía en la tierra de la gran cordillera. Las alturas que daban entrada al cañón habían sido audazmente esculpidas hasta formar dos columnas ciclópeas, y algo tenía el desigual tallado en forma de barril que nos trajo a la memoria a Danforth y a mí semirrecuerdos extrañamente vagos, odiosos y confusos.